A Jairo Varela… y por supuesto al Grupo Niche

Originalmente publicada en RBMA Radio Panamérika, el 13 de agosto de 2012.

“Una historia musical quedó allá en la eternidad… y un cielo de tambores…”, así dice un fragmento de un nostálgico tema del Grupo Niche, aquella orquesta de salsa y música negra que ha acompañado por tres décadas al oído de tantos bailadores. Su director, Jairo Varela, murió el pasado 8 de agosto en la ciudad de Cali. Y murió cumpliendo cada línea de esa sentida canción. Melómanos, absolutos desconocedores, salseros de radio, salseros bravos de bohemia, aquellos aburridos en la fiesta de diciembre, los parranderos de la misma fiesta (por supuesto), muchos en su vida supieron algo de esa orquesta y su director.

En lo que a mí toca, Niche apareció temprano, en recuerdos remotos de Salsa con estilo: El único show que no tiene cover, espacio radial que insistía en programar en la radio “Cali pachanguero”. Mi papá la oía anunciada por el difunto Jaime Ortiz Alvear (a quien Niche saluda en ‘Del puente pa’ allá’), con el patrocinio de Pantaloncillos Camaro (“Hermano, si usté no usa Camaro mejor no se ponga nada”, sentenciaba Ortiz a mil revoluciones). Y aún en mi infancia ya lo podía suponer: “niche” es en el occidente colombiano una expresión coloquial para referirse al negro, y ese otro Niche suena bellamente a Negritud.

Una certeza más clara y trascendental de su sonido la tengo más nítida. Pasó en 1990, cuando fue lanzado, precisamente, Cielo de tambores: siete sencillos de un álbum que apenas llegaba a los ocho temas y una carátula que recordaba a los ídolos de la salsa que se habían ido de este mundo. Año y medio después, ese inolvidable acetato llegaría a mi casa para sonar hasta que las correas de la tornamesa como en “Una aventura”, se reventaran. Esa nichemanía llegó a casa desde Cali, gracias a mi joven tío que trajo su buen gusto salsero en las numerosas reproducciones del disco, pero también en los cantos que ensayaba con un rústico bongó cuyos “cueros” eran en realidad películas de radiografía.

A esa grata visita le debí un acercamiento más juicioso a “Que sepan en Puerto Rico que es la tierra del jibarito”, a ese puente que va a Juanchito que también llevaba hacia la casa de mi abuela, a la fila de municipios de “Mi Valle del Cauca” que la carretera alcanzaba a atravesar. Y más allá de Varela y su gente, fue en esos días en los que el repertorio salsero se amplió para mí: “Caserita no te acuestes a dormir”, “Si huele a caña, tabaco y brea”, “Por la esquina del viejo barrio lo vi pasar”. De poco útil remate, también recibí una única clase de bongó que calculo no pasó de veinte minutos.

El nacimiento de esa influencia, es decir, la historia de Jairo Varela con el Grupo Niche la aprendí bien cuando a principios de 2005 celebramos en Javeriana Estéreo los 25 años de la orquesta. Un grupo de jóvenes músicos, radicados en Bogotá, fundarían un proyecto en el que la salsa adquiriría una nueva denominación de origen al incorporarle el excepcional espíritu de su tierra, el Chocó, el departamento más pobre de Colombia donde el 90 por ciento de la población es afrodescendiente. Poco después, ese hervidero cultural llamado Cali los adoptaría como propios y desde 1981 la rueda interminable de éxitos empezaría a andar.

Esos éxitos, los fui conociendo con los años. Personalmente le cogí aprecio a los de baile bravo y los que más se acercaban al folclor del Pacífico: ‘Buenaventura y caney’, ‘Cali pachanguero’, ‘Cali ají’, ‘Sin sentimientos’, ‘Del puente pa’ allá’, ‘Caso social’, ‘La canoa ranchá’, ‘Han cogido la cosa’, ‘La culebra’. También tengo vivos en la cabeza lados B de Niche que algún día merecerán ser atendidos como las obras maestras que son: ‘Pinta pa’ qué’, ‘Atrateño’, ‘Lamento guajiro’, ‘Romeo y Julieta’, ‘Más duro me da’, ‘El movimiento de la salsa’, ‘La danza de la chancaca’.

Y es que más que éxitos, muchas fueron canciones que penetraron en recuerdos certeros de la vida: yo y muchos de mis amigos supimos de esos temas cuando aprendíamos a bailar (sí tío, con la inexplicable y bogotana levantada de talón), cuando nos tomamos una rudimentaria estación radial del Colegio y la salsa era de lo poco que nos celebraba la audiencia tropical, cuando mi look universitario no daba motivos a los demás para creer que escuchara salsa (y la bailara), cuando allá mismo me iniciaba en la radio programando ese género, cuando por fin presenciamos una Feria de Cali, cuando hacía a más de uno pegarse el lejano viaje al Goce Pagano de la Jiménez, cuando nos cruzamos a los de Son de Cali en la calle mientras yo cargaba en la mano un CD de la orquesta que acababan de abandonar (¡y pirata!). En tanta vida estaba presente algo del Grupo Niche.

Sí, a Varela un juez lo condenó por enriquecimineto ilícito; sí, más de una salida de los miembros de su orquesta estuvo llena de conflictos que aún hoy no cesan; sí, ‘Para mi hijo’ es un acróstico que coincide con el nombre de un conocido narcotraficante; sí, ‘Mi machete’ es una despreciable adulación a Álvaro Uribe. Pero también es cierto que Niche fue por algo parte grande en el soundtrack de vidas como la mía, y también es cierto que pocos de sus ex músicos luego brillaron igual, que el Pacífico colombiano nunca se fue de las pistas de baile gracias a sus éxitos, que el Chocó, el Valle del Cauca y Cali tienen un abanico de himnos nacidos todos de su mente. Y es que con todo lo malo que haya pasado, hay un innegable y maravilloso legado de Jairo Varela.

Qué más certeza de eso en lo que pasa veinte años después: mi tío, convertido en cantante, se prepara para el mismo Festival de Orquestas de la Feria de Cali donde adivinen quién fue rey por años. Y yo, todavía atesoro esa copia de Cielo de tambores.

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