40 años de La Gran Feria: joya del rock colombiano

Publicado originalmente en RBMA Radio Panamérika el 8 de enero de 2014.

Durante trece años, hace ocho décadas, el genial Bela Bartok compuso un centenar y medio de piezas para piano, a manera de un curso de interpretación en el cual la dificultad iba ascendiendo a medida que se leía una nueva obra. El resultado se tituló Mikrokosmos y pertenece al canon de obras selectas del etnomusicólogo húngaro, de donde tenemos en cuenta la pieza número 47: Nagyvásár, que en español traduce “el mercado” o “la feria”, por lo que su título más conocido en nuestro idioma sea “La gran feria“.

Estas referencias vienen al caso, porque en hace cuatro décadas unos rockeros bogotanos resolvieron hacer su propia gran feria, con Bartok a bordo, pero también con muchos compases latinos, iconografía local y una heroica persistencia.

La gran feria fue el título de un álbum grabado en Colombia por La Banda Nueva. Esta producción, de manera innovadora para su época, incluía -cómo no- una versión progresiva de la obra de marras escrita en la Real Academia de Budapest, ‘El blues del bus’, un divertido retrato de las desventuras de un usuario del transporte público bogotano, y ‘Emiliano Pinilla’, el llamado a un colombiano del común a alzar su voz, no como una apuesta ideológica o política, sino como un consejo para la supervivencia cotidiana y la sensibilización frente a su rededor.

Precisamente ‘Emiliano Pinilla’ fue la primera grabación de La Banda Nueva, un demo que sus integrantes hicieron mientras combinaban la universidad, el conservatorio y la agencia de publicidad con el sueño de armar un grupo de rock. Con vientos y toques de jazz latino lo presentaron a la radio que por entonces se aventuraba a programar rock. El reconocimiento (no digamos el éxito) llegó y con él una fugaz aparición en televisión a principios de 1973, cuyo registro les dejamos a continuación (*toda una joya que explicamos en la nota final).

Esos espacios mediáticos les servirían para suscribir un contrato con Discos Bambuco (desaparecido negocio discográfico que para la época también se dedicaba al prensaje y la edición), bajo el cual grabarían un larga duración. Como de algo hay que vivir, las sesiones de grabación se combinaban con las responsabilidades de la banda (ahora convertida en un cuarteto), por lo que sólo quedaban las noches y los fines de semana en los que prestaran los recordados estudios de Ingesón en el centro de la capital. A ese asunto hubo que agregarle la autoproducción, el deseo de hacer un trabajo impacable y el permanente flujo de ideas que había entre sus integrantes.

De sus vínculos con la escuela de música surgieron, por supuesto, los coqueteos a Bartok, al jazz y al rock progresivo; mientras que su relación con la música publicitaria, permitió un genial arte gráfico del álbum, con fotografías en estudio y una colorida ilustración de todos los conceptos (globales y autóctonos) que la banda quiso plasmar en sus canciones. Ese trabajo se lo debemos al ilustrador Peter Martin, quien por entonces también diseñó el logo hogareño de una entidad bancaria.

La consecuencia de tanto esfuerzo fueron diez meses de grabaciones, en un lapso parecido al de la gestación de un bebé, por lo que cuando el álbum vio la luz, también hubo dolores de parto y llanto. Su promoción se hizo con carteles pegados en la calle por los propios músicos, en un posterior show en TV (tal vez desaparecido) donde la banda debió vestirse “de traje formal” y por último, en una gira como teloneros de Christie, los británicos de ‘Yellow River’ que quién sabe por qué se aventuraron a visitar esta república olvidada por la industria discográfica.

Tristemente y por cambios en la nómina, el regreso a casa tras la gira estuvo empañado por disputas entre los miembros de la banda. Muy rápido, demasiado, terminó el sueño de La Banda Nueva. Con el paso de los años sus integrantes retornaron a oficios ajenos al rock y su gran feria cayó en el peligro del olvido. Pocos y aislados esfuerzos (se me ocurren el cover que Compañía Ilimitada hizo de ‘Mundo de imágenes‘ o especial de radio que Andrés Ospina les hizo en 2003) se hicieron para que los nuevas generaciones supieran de ese heroico trabajo.

Y aun así, a pesar del olvido, vino hace poco la sorpresa: la revista Rolling Stone volvió a Colombia con una votación de las 50 canciones del rock colombiano y allí ‘Emiliano Pinilla’ se coló en el número 9. Su legado, a pesar del pronto fin de la banda y la amnesia de nosotros, debe merecer mucho para haber sobrevivido. Felices 40 años, que ojalá vengan con ellos el regalo de la reedición y el justo reconocimiento de los que nos hemos sorprendido con su escucha.

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(*) La mayoría de archivos audiovisuales en Colombia padecen serios problemas de dispersión, deterioro y desaparición, por lo que resulta un auténtico milagro la conservación de ese material en la red. La historia es la siguiente: cuando la Banda Nueva se presentó en TV, apenas estaba conformando su nómina, por lo que se valieron del apoyo de una familia de músicos de apellido Cuéllar, quienes para la ocasión interpretaron el piano y los vientos. Ellos disponían de una videograbadora de cintas de carrete abierto (equipo absolutamente exótico para la época), en la cual se grabó la presentación, posiblemente transmitida en directo. De esa historia me enteré yo en 2007, mientras perseguía a rockeros colombianos para una exposición en el Museo Nacional, aunque en su momento descartamos por unanimidad que esa cinta aún existiera. Grande fue nuestra sorpresa cuando la semana pasada Edgardo Torres (otro pionero del rock en Colombia) subió a Youtube el video, tras un proceso de edición que incluyó agregarle animaciones y el audio del LP, para omitir las distorsiones propias del deterioro de la cinta. Gracias a Camilo Cuéllar por su conciencia histórica, a Edgardo por la divulgación y por supuesto, gracias a la Banda, a Orlando Betancur, a Jaime Córdoba, a Juan Carrillo, a Gustavo Cáceres y por supuesto, gracias a Bartok.

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