Bogotazo: el mito de la ciudad destruida

¿Fue el Bogotazo la causa de la radical transformación urbana de Bogotá? No ¿La ciudad fue gravemente destruida luego de la muerte de Gaitán? Tampoco.

Aprovechemos los 70 años de la tragedia para desmentir una creencia que se repite mecánicamente cada 9 de abril.

“Bogotá está semidestruida”, titulaba El Tiempo el lunes 12 de abril de 1948, cuando por fin pudo reanudar su circulación en medio del toque de queda y los cortes de luz. Con sentencias como esa la leyenda empezó a correr: la ciudad de antaño ardió por completo aquel 9 de abril y sus escombros abrieron paso a los edificios y calles modernas ¿Cómo es posible entonces que, según este escrito, ese día no se destruyó Bogotá? Sin duda, el impacto de esa fecha trágica es innegable en nuestra historia, con un saldo de desmanes, muertos y destrucción como jamás se había visto. Pero una mirada detallada a los registros del Bogotazo lleva a la conclusión de que la destrucción material no fue tan grande como para tener que reconstruir una urbe completa, ni siquiera su centro.

Si miramos las fotografías y los registros cinematográficos del Bogotazo vemos de cerca un horror que justificaba de sobra el trauma político y moral que generó. Pero si cotejamos eso con los con imágenes anteriores y posteriores a la tragedia, podemos darnos cuenta de que los incendios y saqueos transcurrieron en puntos muy específicos de la ciudad: la Plaza de Bolívar, cuatro cuadras de la calle 11 desde la Catedral hacia el oriente, la carrera Séptima pero apenas entre la Calle 12 y la Jiménez y el entorno de la plaza de San Victorino.  Es decir, que los daños se restringieron a los extremos de una pequeña cruz que atraviesa el centro, sin resultar afectados todos los edificios de su lindero. Hay un documento que marca con precisión cuáles fueron los focos de destrucción del 9 de abril: un plano de edificios afectados por los disturbios, levantado en 1949 por el gobierno nacional y recopilado por los profesores Germán Mejía Pavony y Jimena Cuéllar en el Atlas histórico de Bogotá: cartografía (Instituto Distrital de Patrimonio, 2007).

Enumeremos los pocos daños que aparecen en ese plano. En el centro administrativo se destacan media manzana del costado norte de la Plaza de Bolívar y casi toda la cuadra de la Séptima entre las calles 11 y 12; hacia el templo de La Candelaria, los escombros se limitan al viejo Palacio de Justicia y a las manzanas que hoy ocupan la Biblioteca Luis Ángel Arango y los museos del Banco de la República, todo en una misma calle y sin que todos sus edificios hayan sido destruidos, como se aprecia incluso en la actualidad. Tomando la Séptima con Jiménez hacia el norte, los daños considerables solo se aprecian en la manzana norte del Parque Santander (actual Edificio Avianca) y la antigua Casa del Hospicio, en la esquina de la Calle 19, junto con veinte predios afectados en la línea que va de las calles 16 a la 22. Por último, en la zona de San Victorino se enumeran 30 inmuebles alrededor de su plaza, además de otros dos más lejos, entre las calles 13 y 15.

En el plano no están marcados el Capitolio ni el Palacio de San Carlos, a pesar de que los testimonios fotográficos registran ataques a esos edificios, al igual que tampoco está el Hotel Granada, aunque la tradición oral atribuya su demolición al 9 de abril. Además, dentro de los edificios incendiados, aparecen cuatro predios que hoy siguen de pie: el Palacio de San Francisco, la casa que hoy sirve como despacho parroquial de La Veracruz, el ala norte del restaurante Casa Lis y un viejo edificio de joyerías en la esquina de la Carrera 6 con Calle 12. Es decir, que además hubo inmuebles recuperables. En síntesis, el plano marca siete manzanas de la actual localidad de La Candelaria y dieciséis de Santa Fe, donde solo cinco de ellas incluyen daños que superan el 50 por ciento de sus inmuebles. El saldo es muy pequeño para una ciudad cercana a los 700.000 habitantes que por entonces ya se extendía hasta los barrios Ferias en el occidente, La Cabrera al norte y Santa Inés en el límite sur del 20 de Julio.

Pero frente a esa evidencia, hay una verdad de a puño y es que la ciudad cambió radicalmente al poco tiempo ¿Cuál fue entonces la causa? En la arquitectura y en las tendencias imperantes de la industria de la construcción hay algunas respuestas. Por entonces una escuela racionalista, con una noción sobre el patrimonio muy distinta de la actual, proponía públicamente la destrucción de buena parte de un pasado reflejado en los edificios coloniales y republicanos del centro. Desde el IV Centenario de la Capital (1938) se insinuaba ese cambio con la demolición del Claustro de Santo Domingo donde poco después se levantaría el Edificio Murillo Toro, el levantamiento del Palacio de los Ministerios sobre los terrenos del antiguo convento de San Agustín, la construcción de modernas fachadas art déco sobre la Séptima y la Jiménez y el aprovechamiento de espacios periféricos para experimentar con las nuevas tendencias, como ocurrió entonces con la Biblioteca Nacional, la Ciudad Universitaria y el Parque Nacional. Por lo tanto, el 9 de abril apenas fue una excusa para acelerar el espíritu modernizador que había despertado en Bogotá diez e incluso veinte años antes.

Como parte de esas ideas, en 1946 apareció la revista Proa, editada por los arquitectos Manuel de Vengoechea y Carlos Martinez Jiménez, la cual en sus primeros años fue la principal fuente de la tendencia más radical de esa ideología en el país. Por ejemplo, un editorial temprano de Proa clamaba por una “demolición, incendio o terremoto” que acabara con las cuadras de lo que hoy es la Carrera Décima hacia el sur de San Victorino, donde entonces se levantaba la plaza de mercado central. En 1948, la misma publicación planteaba que el caos dejado por el Bogotazo era una oportunidad para ampliar la Séptima: “la vía está libre y apta para acomodarse a los proyectos de la municipalidad”. A estas ideas  se vincula también el relato del fin del tranvía, que a pesar de perder la cuarta parte de su flota, sobrevivió hasta 1951 en medio de un prolongado debate sobre la implementación de buses de gasolina y las arbitrariedades de su sepulturero, el exalcalde Fernando Mazuera.

Frente a los proyectos de ampliación vial, cabe resaltar otro detalle del plano de 1949. Junto con los edificios destruidos, aparecen líneas punteadas demarcando el ensanchamiento de la Séptima, al igual que la construcción de la Carrera 10, contemplando incluso pasar sobre terrenos que no registraron daño alguno el 9 de abril: el templo de Santa Inés, la plaza central de mercado y todas las fachadas de la Carrera Séptima entre calles 13 y 19, el costado sur del parque Santander y las calles 18 y 19 desde la carrera 6 al occidente. Entre esas proyecciones también se destacan las ideas nunca consumadas de abrir la Calle 11 –lo cual habría obligado a la demolición de las cuadras que hoy incluyen la Casa del Florero, la Puerta Falsa y los viejos almacenes de imágenes religiosas– y la Calle 12, con la probable desaparición de la Clínica Central, donde murió Gaitán. Así de flexibles son, en cualquier sociedad, la memoria histórica y la concepción del patrimonio.

A pesar de ese espíritu arrasador, en algunos registros posteriores al 9 de abril podemos ver cómo la ciudad conservó su cara cuando se disiparon el fuego y los escombros. Por ejemplo, unas fotos aéreas tomadas por el Instituto Geográfico Militar y Catastral, las cuales pueden verse en  Bogotá : vuelo al pasado (Villegas, 2011), confirman que la destrucción se limitó a los predios que aparecen en el plano. También puede citarse una foto de Sady González, tomada ocho meses después del Bogotazo y publicada en el libro Bogotá años 40 (Número, 1999), donde los vagones intactos del tranvía desfilan frente a un hotel Granada intacto y un Palacio de San Francisco en restauración. Desde abajo también se ve lo discreto que fue el cambio: en el libro Arquitectura sublime (Amigos de Bogotá, 2012), sobre las iglesias de la capital, aparece una foto del templo de San Francisco hacia 1951, donde lo único nuevo allí es el asfalto que cubre los rieles del tranvía, mientras lo demás está tal como era en el 48: la iglesia, el Granada, la esquina de Coltabaco que luego sería de El Tiempo, al igual que los edificios Henry Faux y Agustín Nieto, donde Gaitán tenía su oficina.

Por fortuna, no toda la literatura sobre el Bogotazo reitera el mito. El libro El impacto del 9 de abril de Jacques Aprile-Gniset –a pesar de su sesgo ideológico–, un artículo del arquitecto Carlos Amézquita publicado en 2011 en el blog A57 o un reciente texto del historiador Fabio Zambrano para el especial Justo en el centro de la revista Semana, han trabajado por desmentir aquella idea de la destrucción absoluta del centro de la ciudad. A pesar de sus diferencias de enfoque, estos investigadores coinciden en que detrás de la demolición del centro, primó el interés por acelerar la transformación del mercado inmobiliario. Para el éxito de este proyecto, se requirió también del poder decisorio del ya mencionado Mazuera y del presidente Mariano Ospina Pérez, dos políticos que también se desempeñaron como socios fundadores de empresas de constructoras.

Urge restablecer la memoria histórica de la ciudad dejando de repetir cada año la misma idea mecánica: una visión simplista de la memoria y el desarrollo urbano, la cual se refuerza con imaginarios clasistas sobre un supuesto progreso cultural que se perdió ese día o con simplificaciones demagógicas sobre los orígenes de la violencia en Colombia (pues con el asesinato de Gaitán tampoco empezó aquello). A eso hay que sumar la evidencia de que el aceleramiento del crecimiento poblacional de Bogotá es un fenómeno que inició en los años 30, que no fue totalmente causado por la violencia y que no es distinto del experimentado por otras capitales latinoamericanas. En cuanto a la radical transformación del espacio, el Bogotazo fue apenas el chivo expiatorio que encontró una industria de la construcción que disimulaba su voracidad con el impacto moral de un día trágico e irrepetible. En defensa de esos verdugos, eso sí, hay que reconocerles su pena y arrepentimiento para que tuvieran que promover un mito que resultara lo suficientemente creíble para los bogotanos.

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4 respuestas a “Bogotazo: el mito de la ciudad destruida

  1. Su texto dice cosas que hacía falta decir, pero amerita unas glosas. Hay una frase ambigua que parece repetir el error muy común de la supuesta destrucción del Hotel Granada. Basta un breve búsqueda en internet (no en blogs repetidores de errores) o consultar la prensa de la época para saber que el hotel siguió en pie e intacto hasta los años cincuenta. Caso distinto fue el del Regina, que sí fue incenciado.

    El Palacio de San Francisco está ENTRE (parte del conjunto) los predios incendiados, no “dentro” (al interior).

    La población de Bogotá NO era de 700.000 habitantes en 1948; esa es, en números redondos, la del censo de 1951. En 1942 se calculaba en 378.000 y en 1948 alrededor de 500.000.

    El barrio Santa Inés es vecino a lo que llamaron el Cartucho.

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